
La ambientación
En las tierras de Madrid, donde brota el vino amargo, se alza el pueblo Cenicientos bajo un cielo gris y opaco. No hay idilio en sus cantares, ni virtud en sus palacios; corre el odio por las venas de este amor envenenado.
Se miraron dos amantes con el pulso acelerado, no por fuego del cariño, sino por el vil zarpazo de la envidia que corroe, del orgullo más insano.
Codicia y fuego
Y el amor que nace torcido acaba quemando en fuego.


El fin pactado
La noche de los huertos
No hubo llanto ni clemencia en la noche de los huertos; se mataron por la espalda, quedando los dos ya muertos.
Cenicientos hoy susurra, bajo el peso de su historia, que la peste del humano borra el amor de la memoria.
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